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Crónica: Hospital Militar de Occidente, testigo de una guerra sin fin

06 de octubre de 2012

En el Hospital Militar, donde se concentra el balance de una guerra que ambos mandos se empeñan en mantener: parapléjicos, cuadrapléjicos, ciegos, sordos, con la arteria femoral destrozada, algunos con problemas de insania mental y otros con tendencias suicidas.
Zumban como abejorros gigantes. Raspan el aire. Las hélices braman y surcan el sur de Cali. El pulso se acelera y el corazón se encoge. Es tarde en la noche cuando los Black Hawk inician su recorrido en las montañas del Cauca para dirigirse a los farallones de Cali, con su carga trágica de soldados mutilados, desfigurados o muertos en esta absurda guerra que parece no tener fin.
Pierden altura. Se dirigen a la Fundación Valle del Lili, donde las salas de cirugía están listas para atenderlos o al Batallón Nápoles, que ya tiene en su cancha de aterrizaje camillas y elementos de primeros auxilios.
En cuatro años los pilotos han volado aproximadamente 90 mil horas. Los Black Hawk dinamitan las madrigueras de la guerrilla, pero también salvan vidas de los dos bandos. Las Fuerzas Militares cuentan con cerca de 30 helicópteros que cumplen oficios disímiles como la inserción de tropas con soga rápida, en rápel, extracción de unidades del campo de combate en soga, extinción de incendios, lanzamiento de paracaidistas a gran altura y a baja altura.
Es la guerra diaria que los habitantes de Cali ignoramos o pretendemos ignorar. Por eso decidimos entrar al corazón mismo de la herida: al Hospital Militar Regional de Occidente, ubicado en el Batallón Nápoles, para ser testigos directos de ese combate contra la muerte.
Esta es la historia:
El Batallón Nápoles. Cali. Una ciudadela dentro de la ciudad. Miles de hombres y mujeres la viven. Generales, coroneles, oficiales y suboficiales, soldados profesionales, bachilleres, regulares, campesinos, oficiales pensionados, sus familias, forman el conjunto humano de ese microcosmos. Al transitar por la Calle Quinta nadie se imagina la dinámica de este territorio.
Hacia el fondo, el Hospital Militar, donde se concentra el balance de una guerra que ambos mandos se empeñan en mantener: parapléjicos, cuadrapléjicos, ciegos, sordos, con la arteria femoral destrozada, algunos con problemas de insania mental y otros con tendencias suicidas.
Desde 1990 al 2012 se han recibido más de 50 amputados. Son las víctimas de los cilindros rellenos de dinamita o de minas que deshacen en un segundo extremidades. En rehabilitación hay seis hombres mutilados por minas quiebrapatas y trampas. Para desminar este país, tardaríamos por lo menos 35 años, afirma el Coronel Juan Carlos Arévalo, director del Hospital, desde enero del 2011.
En las entrañas de la herida
La coronel Marta Mateus nos espera en la puerta del quirófano. Más de 20 años como médico especializada en cirugías reconstructivas, y acostumbrada a enfrentarse con el dolor humano a diario, a recibir cuerpos mutilados, no han logrado borrar ni su calor humano ni su sonrisa. El corazón nunca se endurece. Soy una colombiana orgullosa de mi Ejército y mi país, y cuando ayudo en la recuperación de un soldado herido me siento realizada como mujer y como profesional.
Llega la hora de ponerse la ropa esterilizada. Tapabocas, protectores de zapatos y cabeza. El quirófano impecable. Dos salas de cirugía con todos los equipos. En una de ellas, un joven moreno de unos 22 años ya está listo para la intervención. Anestesia raquídea. Sus ojos adormecidos nos miran con dulzura. En combate con la guerrilla, en una de esas frías montañas caucanas, le destrozaron el fémur que fue reconstruído, pero restos de munición le formaron una fístula, que debe drenarse, pues le está destruyendo el hueso.
El equipo médico funciona con precisión de reloj. Una incisión profunda en la pierna derecha nos lleva hasta las entrañas de su herida. Este muchacho es el símbolo de muchos jóvenes colombianos que se enfrentan con la muerte, la mutilación de sus sueños, las explosiones que fragmentan sus cuerpos y sus almas, porque su misión es combatir un enemigo que perdió el norte y la ideología.
Finalizada la intervención quirúrgica, nos dirigimos a la sala de recuperación. Es mediodía. Hora de almuerzo. En medio de una luz tenue descubrimos cinco enfermos: piernas y ojos vendados, otro ni siquiera oye: una explosión le dañó los tímpanos. Todos devoran el almuerzo: es bandeja paisa En la primera cama está el soldado regular Dany Esteban Mosquera Posú.
Estaba de centinela en Villa Rica, cerca a Mondomo, y a eso de las 12:30 de la noche sentí el impacto de un proyectil en la pierna. No supe quién fue. Disparé mi arma y caí al piso. Afortunadamente no me alcanzó el hueso, solo tejido blando. Aun no se cuánto me darán de incapacidad. Todavía no se si quiero seguir, pero si toca, vuelvo, dice mientras da cuenta de un chicharrón.
Más adelante está Carlos Mario Tello, de Arboletes, Antioquia. En un encuentro con las Farc en Suarez, Cauca, el pasado 5 de agosto, recibió un tiro en la arteria femoral. Me desmayé. Al rato llego el helicóptero a recogerme.
La coronel Mateus anota que este intento por lograr la paz, es un muy buen primer paso para empezar a solucionar los demás conflictos que azotan a Colombia: inequidad, pobreza, falta de oportunidades, problemas de salud, educación. Estos son los más profundos. Sin trabajar en ellos, la paz no podrá ser duradera.
Ya perdió la cuenta de cuantos injertos, colgajos, reconstrucciones ha realizado... Un caso la marcó: fue en el Hospital Militar de Bogotá, donde fue testigo de la llegada al quirófano de un soldado al que le habían volado la cara. A veces no puedo dejar de sentir coraje, tristeza, de ver impotente esas vidas acabadas prematuramente. Todo el seguimiento afectivo y sicológico no les devuelven jamás sus sueños rotos. Es muy duro admitir la impotencia de no poder hacer más, nos dijo a manera de despedida.
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